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En Mayúscula es un sitio donde se plasman las realidades no ajenas a los avatares del hombre, mostrando en unas el juego absurdo de las mentes y en otras lo inverosímil de los miedos y fantasías con un tinte surreal y obstinado llevando al lector a un mundo de posibles.


3 de abril de 2010

De Anomalías y Recuerdos - CAPITULO III -

POTO

La confusión en aquella habitación se hacía más evidente mientras el paraguas de Hilda mojaba al Sacerdote, y cerrando la puerta, éste la invitaba a la mesa. Ahora, sentados los tres a esa hora de la madrugada, no le quedaba más al Padre Daniel que rendir indagatoria. Los ojos de Hilda eran negros profundos, y lucían ansiosos, como queriendo saber qué ocurría. Juan por su parte, tenía ya la nariz roja de tanto estornudar y el malestar le hacía ver un rostro insoportable.

Pero el rostro del Padre era el mas inquieto de todos: luchaba con no sabía qué y tratando de recordar quién sabe qué, al escuchar esas dos fechas justamente un 19 de agosto. Los espectadores de aquella audiencia clamaron respuestas al unísono, mientras el barullo traía de vuelta al Padre de quién sabe dónde.

Se tomó el último sorbo de café cual trago amargo y empezó a hablar. Se notaba un tanto nervioso pero con bríos de elocuencia. Dirigió la mirada sobre Juan siguiendo el orden de las emociones vividas. Empezó diciendo: “En 1984 yo vivía en mi pueblo natal. Acababa de salir del seminario y no tenía 3 meses como Párroco de la Iglesia del lugar. Mi padre había muerto tres años antes y mi madre ya casi no podía caminar. Era atendida por mi hermana María Bertilda, quien se dedicó al cuidado perpetuo de ella.”

“Cierto día ocurrió que yendo hacia la Parroquia, pasó algo que marcó mi vida. Eran casi las 11 de la noche cuando de pronto el camino que conducía a la iglesia estaba lleno de rosas y el olor que emanaba era angelical. Mi impresión fue tanta que las cuestiones llegaron al instante. Cosa que no impidió que siguiera mi camino hacia el templo. Al ir sobre las rosas me detuve al ver que el camino se convertía ahora en un santuario de cruces. El escozor empezó a inundarme mientras el frío se hacía más rudo. Aunque las esquivaba, el miedo se hacía más evidente en mí pero no dejaba de avanzar pues debía alimentar al loro Poto quien se había vuelto mi compañía terrenal desde hacía un año. Me acercaba al templo después de aquél maratónico ejercicio cuando por un momento me di cuenta que el templo se alejaba de mi. Clamaba: “Señor de los Cielos despiértame si esto es una pesadilla”, pero no había lugar a súplicas en ese instante y me armé de valor y empecé a correr pero era fallido todo esfuerzo, pues se alejaba todo cuanto a mí.”

En ese instante el Padre Daniel se levantó y fue a buscar un rosario que se encontraba colgado en la cabecera de la cama, y exhibiéndolo sin austeridad retomaba de nuevo el relato: “el sudor se deslizaba sobre mi cara mientras corría cual gacela en peligro y aquéllas cruces y rosas quedaban atrás. Luego de tremenda agitación y tanta correndilla, al fin pude llegar al templo. Las incongruencias de todo lo que me había sucedido pasaron inadvertidas cuando tuve un encuentro que, como dije antes, marcaría mi vida”.

Hilda y Juan se encontraban un tanto inquietos con el relato del sacerdote y como si esperasen la noticia de sus vidas, lo devoraban con sus ojos exigiéndole más: “al llegar a la escalinata del templo vi el rostro mas hermoso que haya visto, la luz resplandecía sobre si, y la paz alrededor era sublime tanto como para derrumbarse y sacar del corazón el amor que fluía sobre mi: era nada más y nada menos que Nuestra Señora de Fátima y esperaba por mí para que llevara un mensaje de paz, amor y bienaventuranzas a todos los desamparados del lugar”.

No tardó en acotar Juan, pues sabía que el 19 de agosto se había aparecido Nuestra Señora a los tres pastorcitos y no demoró en preguntarle el por qué justamente hoy se hallaban frente a él y con fechas extrañas e insignificantes hasta ahora, pero el Padre tenía algo que dejaría a aquéllos absortos: “este rosario me lo entregó Nuestra Señora y tiene algo muy particular”, y entregándole el rosario a Juan le pidió que leyera en voz alta la inscripción sobre la medalla, y al verla, el rostro de Juan palideció y al cabo de unos minutos susurró: Juan de los Enfermos.

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